jueves, 19 de julio de 2012

Cuando una mujer ama...

Aún recuerdo cuando me hiciste sonreír por primera vez en mis sueños.
Era una chiquilla desesperada que sólo quería conocerte, abrazarte, sentir el roce de tus mullidos mofletes antes de pasar a tus labios del color del atardecer.
Temía no ser lo que tú esperabas que fuese, físicamente era la misma, pero, ¿Y sí no era lo suficiente como para gustarte?
"Tania, recuerda que si te pidió que fueses al otro lado del país, será porque te quiere más que a ninguna otra que haya conocido jamás".
Tras varias horas, paseando con mis tías, por las amplias calles de aquella extraña metrópolis a la que me había conducido un coche, descubrí que la brisa hacía más "soportable" el trayecto, pero aún así, no era comparable al deseo que mis labios tenían de fundirse en los tuyos.
Habíamos quedado a las cinco de la tarde, de un día de agosto, del año dos mil doce.
Niños con sus helados, abuelos sonrientes, ¿Y yo qué?¿No era mi hora?
Apareciste de la nada, con unos amigos, hablando de vuestras cosas, y yo me sonrojé diciéndome a mi misma que qué coño hacías ahí, que estaba horrible.
Me miraste, sonreíste como esperé que sonrieras y me guiñaste el ojo, ni abriste la boca, sobraban las palabras para nosotros.
Las horas eran incesantes en aquella maldita casa frente al mar, un quinto piso si no mal recuerdo.
Y como estaba deseando durante hace meses, llegaron las cuatro y media y eché a andar hasta la plaza dónde habíamos decidido romper el miedo y las inquietudes de nuestros corazones.
Estabas apoyado en una columna, frente a una pizzería y una floristería, mirando al suelo nervioso, mordiéndote los labios...
Qué labios más preciosos tenías, quise robártelos y no me dejaste, me abrazaste y me dijiste que nunca pensabas que llegaría ese momento, ese momento cruel del "hola" para pasar al "hasta la próxima".
Apoyaste tu frente junto a la mía, no conseguías dejar de sonreír, me llamaste pelirroja una vez más, como en todos aquellos sueños de los cuales me había enamorado perdidamente.
Cogidos de la mano recorrimos cada esquina de la ciudad, aún no me habías besado.
Me llevaste a un parque alejado del centro y me senté en un banco cabizbaja a pensar qué podría haber hecho mal, siempre pensando que había sido culpa mía y que no sentías nada por mi, con las lágrimas en los ojos y las manos llenas de rabia, abalanzaste tus manos hacia mi cara y me besaste el labio inferior, lo apartaste y me miraste.
Bésame pelirroja, aquí estoy para ti. Fueron tus palabras, tan sólo sé que me eché a llorar como una niña y tú no hacías más que abrazarme y reírte a la vez.