lunes, 3 de febrero de 2014

Hija de mi luna.



Y parecía bajada de la luna cuando la conocí.
Tan dulce, serena, alegre, emocionada...
Cuando la vas conociendo resulta que no es nada de lo que te esperabas.
La conocí una mañana de noviembre de algún mes, de algún año en ninguna parte. En aquella época solía tomar un café de media tarde en un bar de aquella esquina junto a la estatua, pero ese día, precisamente ese día, me escapé de casa con ansiedad de dulce y cafeína...
Allí estaba, con su melena castaña y su sonriente entusiasmo de cada día, y eso que aún no la conocía.
No soy de entablar conversación con desconocidos pero en ese momento sentí que debía hacerlo, que era lo correcto y que quizás mañana no estaría ahí para mi.
Me dispuse a presentarme, "¿Quién será esta dichosa extraña que me interrumpe en mi tentempié?" Pensaría ella, o quizá era lo que yo más temía creer.
Sonrojada me siguió la conversación y se notaba en el aire el feeling entre las dos, dulce y jugosa conversación, buena comida y mejor compañía acompañaron mi día, de esos que no te quieres perder por nada del mundo, de esos que por más que quieras nunca llegarás a poder olvidar, el conocer a una persona que te hace crecer y te aporta valores y buenos momentos, pero por desgracia, no todas las amigas son de corazón, a veces, sin más dilación, te juzgan, te fallan, te traicionan y te abandonan, en este caso, mi caso, no me ha abandonado una buena amiga, me ha abandonado la razón al querer proteger a una persona a la que yo creía apreciar con furor y simplemente, me ha derrotado las ganas de volver a creer en las segundas oportunidades.