domingo, 18 de noviembre de 2012

  ¿Recuerdas aquella noche del 18 de noviembre en mis sueños?¿Aquella situación tan cómoda y fantástica a la vez?¿No? Pues te lo recordaré.
Era según el catolicismo, el día más importante de nuestra vida, pero yo ya había tenido esa sensación antes, el día que te conocí para mi fue el mejor.
Estaba en casa de mis abuelos preparándome, es tradición ya arrinconarse en la habitación del fondo de la casa para ponerse el vestido de novia mientras todo el mundo te hace fotos y te tira arroz.
Mi abuelo se había puesto el mismo smoking que mi primo pequeño, como hacía años habían hecho en la misma boda de mi tía. Mis tíos estaban tomando el vermouth como de costumbre, mi madre estaba realmente emocionada, incluso mi padre, que como anteriormente te había comentado, solo llora en ocasiones muy puntuales, esta parecía ser una de ellas...
Estaba sentada en la silla del escritorio de mi tía mientras mis primas se peleaban por hacerme un nido de pájaro en la cabeza, realmente si me disfracé de princesita fue por contentar a mi madre, pero ella sabía perfectamente que a la hora de celebrarse la boda me iba a poner unos pitillos.
Llegaba mi tío con la Harley (Sí, siempre me ha hecho ilusión que me lleven al altar en moto) y con sumo cuidado para que aquel trapo de encaje no se me enganchase al tubo de escape, me subí.
Al llegar allí era lo que me imaginaba, mucha gente con vestidos y traje de etiqueta, saludándose falsamente, haciendo sus propios grupos de gente, parecía que lo habían estado planeando meses, una alineación
extraterrestre o algo así.
En ese momento, como muchos otros a lo largo del ciclo de mi vida, echaba de menos a la reina de la fiesta, aquella por la que llevaba un nombre tatuado en mi muñeca, la que dejaba boquiabiertos a todos con sus chistes malos y su preciosa carita, desde que falleció sabría que ese día tendría que llegar y ella no iba a estar ahí para contemplarlo, pero una de las decisiones más importantes fue seguir adelante.
Papá me sonrió con los mofletes colorados, me hizo sacar una comisura de su sitio, me agarró del brazo y me llevó por aquel humedecido suelo de piedra próximo a la iglesia.
Desde pequeña me han encantado las vidrieras, de hecho tropecé y casi beso el suelo por quedarme embobada viendo una de ellas, como no te empezaste a partir de risa, me preguntaste que si estaba bien y estuve a punto de mandarte a la mierda.
Llegados allí, un señor de unos setenta años, con gafas del un, dos, tres y con gesto de enfado procedió a unirnos en "sagrado matrimonio" o hasta que el juzgado nos embargara el piso.
Llegó el momento de besar a la novia, como tantas y tantas veces lo habíamos hecho ya, pero esta era especial, porque lo habíamos hecho público.
Amenacé con cortar los testículos a quién me metiera un grano de arroz por el ojo y se comportaron medianamente bien, las amenazadas de ese calibre surgen efecto.
Fuimos a tomar algo al bar al que solíamos ir siempre, neveras y estanterías con más de cuatrocientos tipos de cerveza, mi padre estaba encantado.
Fuimos a comer de picnic, nunca me han gustado los restaurantes, por mucho que mi madre protestara al respecto, era nuestra boda, no la suya.
Mis tíos ya estaban borrachos y empezaron a hacer el ganso, me desesperan muchísimo cuando hacen eso...
Llegaron las ocho de la tarde y los invitados ya se iban a sus casas, quedamos los de siempre y como no, lo celebramos a nuestra manera: Un pequeño escenario, algo para picar y gente intentando no ser agredida sexualmente.
En definitiva fue una noche de locura muy impactante, pero lo mejor estaba por llegar.
Mi regalo había sido alquilar una pequeña cabaña a las afueras de Llanes, al lado de un pueblo, alejados del mundo y con las montañas aguardándonos, era maravilloso aquello.
El hall estaba decorado en mármol y colores granate, el suelo era de de parqué, las ventanas estilo campestre con sus persianas de madera, las escaleras estaban recién barnizadas, el techo estaba recubierto por vigas de madera, la cocina era de carbón, las habitaciones tenían un acceso a un desván común, el garaje estaba decorado en tonos turquesa pálido, una chimenea destacaba en el enorme salón que ocupaba el 50% del hall y los cuartos de baño aún estaban fabricados con detalles en cobre.
Al entrar en la casa, subí corriendo las escaleras y me tiré en la cama de cabeza, como la primera vez que me fui a León de vacaciones con mis padres hasta que me di cuenta de que allí había más mosquitos que en la jodida jungla.
Viniste detrás abrazándome y cogiéndome de la mano, me hiciste prometer que al menos por aquella noche no te ibas a librar de mi, y así lo hice, aunque yo preferiría que por muchas noches, todas las que se puedan.
La habitación destacaba por un enorme espejo de oro con detalles medievales a su alrededor, un armario de roble precioso, una alfombra en color crema y una cama de matrimonio que sin duda nos estaba esperando, allí pasamos la noche, por no decir todas las noches de nuestra vida, porque otra de las decisiones más importantes que tomamos, fue quedarnos allí para siempre.


sábado, 3 de noviembre de 2012

Hoy es un día cualquiera, como todos los días cualquiera que conozco.
En situaciones cualquiera, personas cualquiera y lo digo de cualquier forma.
¡Pero no!¡Hoy no es cualquier día!¡Hoy es tu día!
Y sí, suena realmente fantasioso, infantil y molesto, pero es mi forma de felicitarte por ser quien eres, por tener esa sonrisa, esos ojos que me matan, esa cordura y esa sensación de bienestar que desprendes a cada paso que das.
Se me está acabando el tiempo para en un pequeño resumen agradecer tu existencia, allá un cuatro de Noviembre de mil novecientos ochenta y seis, no sé qué pasaría en ese año, pero nació un JesusChrist un tanto curioso.
Aquí con las manos temblorosas, dudando si decirte lo mucho que te adoro, lo grande que me hace tu presencia en la tierra o lo bien que me van las cosas ahora que tú estás metido de pleno en ellas.
A veces desearía volver atrás en el tiempo y disfrutar de aquellas sensaciones que en su momento no supe apreciar, o volcarme en muchas otras que tampoco supe cómo realmente valorar, pero de lo que sí estoy segura es de que jamás volveré a preocuparme por nada hasta el fondo, porque todo está resuelto, nada es en vano, todo tiene su significado inmerso, todo tiene sentido ahora que tú estás en el mundo.
Me encantaría poder darte el mejor regalo del mundo, en el que supongo, no será un día tan especial para ti, un año más de existencia, un día menos para soñar, pero piensa que muchas personas estamos aquí agradeciéndole a alguien que comprendas esto como humano que eres antes que como ángel.
Te regalaría un escenario lleno de aplausos para poder contemplar nuevamente tu flamante sonrisa, esa que tantas lágrimas ha curado, pero no me es posible estar ahí para cuidar de ti ni para soltártela de nuevo, no sabes cuánto lamento no poder hacerlo, daría lo que fuera por ello.
Sin embargo, no sabes bien lo que te espera aquí, todos aquellos corazones que te aguardan a tantos y tantos kilómetros de ti, ya sé que esto no es lo que esperabas, pero se me va por la boca todo lo que pienso y no soy capaz a expresarte con claridad aquello que quiero exponerte, simplemente disfruta, sonríe y vive, ¡Que la vida es un sueño! Y yo quiero soñar contigo muchas noches, vivirte otras cuantas y disfrutarte hasta que esté prohibido.
Feliz cumpleaños.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Aquí estamos, en otro fatídico día, en otra sucesión de sueños sin cumplir, intentando crear nuevas ilusiones a nuestro alrededor, cubriendo de gloria nuestros pecados, sufriendo la inmensidad de la noche en un cuarto de diez metros cuadrados, quitándonos un peso de encima, el desgarro de una mirada ajena, entablar una conversación que debió surgir hace tiempo, aquí estamos de nuevo...
No sé dónde estábamos, era pequeño, hacía frío y estábamos solos.
Me apoyé en un pilar del edificio donde hacía exactamente un minuto y veinticinco segundos había quedado contigo, en aquella plazoleta de Avilés donde apenas se ven más que millones de cuadraditos de colores.
Llevaba un gorrito de lana rojo, una gabardina negra, guantes a juego y unos carapijos del mismo color que esta.
Me senté en uno de los seis bancos de aquella curiosa plaza a esperarte, jugueteando con las teclas de mi móvil, la ruedita, las imágenes, sonreía al verte en alguna de ellas, estaba realmente nerviosa.
Cruzaste un paso de cebra subiéndote discretamente los pantalones por detrás y dejando levantarse un poco aquella cazadora de cuero negro que tanto me gustaba.
¡Buenas!  —Al fin habías llegado, con esa sonrisa tan bonita.
Dos besos elegantes acompañaron el primer encuentro entre nosotros.
Me preguntaste sobre mi situación en casa mientras paseábamos por los jardines del nuevo parque junto al Niemeyer, el cual te iba comentando que es un negocio absurdo sobre la marcha, pero en sí es una bonita pieza arquitectónica.
Nos sentamos frente a la ría, en un banco blanco hecho a posta para el pequeño jardín, estaba atardeciendo, las siete de la tarde quizá, o las seis, no sé, contigo el tiempo nunca pasa lo suficientemente despacio...
Ya veo que has cumplido tu promesa.  —Con picardía giré la cara un segundo para que tú retomaras la conversación.
¿De qué promesa me hablas?  —Con tono preocupado me respondiste.
Ya sabes, no me has olvidado.  —Después de esto comenzaste a reírte mientras yo poco a poco me iba sonrojando con tus manos encima de las mías.
Como me iba a olvidar de esa cara de fresa que me llevas, mujer.  —No sé si intentabas hacerte el gracioso o sonrojarme aún más.
En el fondo me había reído, ya sabes que me acomplejan mis mofletes y como me esperaba, tiraste de uno de ellos, cosa que me hizo enfadar y tú seguidamente me cogiste por detrás de las caderas y comenzaste a hacerme cosquillas hasta casi hacerme caer del banco.
Pasado ese momento de locura absurda, surgió una mirada de preocupación increíble en tu rostro, mirándome fijamente a los ojos, sin miedo a nada, parecías dolido por algo, por algo que yo hubiera hecho...
Los ojos se me llenaron de lágrimas, pero no era capaz a soltarlas, no sé qué pasaba en aquella atmósfera de misterio, pero no podía esperar un solo segundo más a saber aquello que te intranquilizaba tanto.
Deslizaste tu mano por mi mejilla y me dijiste que me habías echado muchísimo de menos, que allí eras feliz, pero te faltaba yo a tu lado, de hecho ahí tuve mi primer motivo para esbozar una verdadera sonrisa, de esas que ni se compran ni se venden, de las que surgen del momento más estúpido que pueda existir...
de un salto aparté mi hombro derecho del banco y salté a tus brazos, besándote el cuello con delicadeza mil y una veces hasta dejar de llorar.
Noté que estabas emocionado y no eras capaz a culminarlo por miedo a ponerme peor, me sentí una niña que había recuperado todos sus juguetes después de un castigo.
Pasaron los minutos y no quitábamos la vista encima uno del otro, dicen que las miradas hablan por las almas y que las palabras nunca son suficientes para expresar todo lo que fluye por nuestras venas.
Te levantaste deslizándote por el banco hacia arriba y colocaste tu mano delante de mi cara.
 ¿Quiere bailar la señorita conmigo?  —Sin dudarlo un segundo me alcé y me puse delante de ti.
 ¿Me ves con cara de saber bailar?  —Entre risas asentías con la cabeza.
Te veo cara de hacer demasiadas locuras, otra cosa es que me disguste que lo hagas.  —Yo no podía dejar de mirarte, el viento se llevaba tu melena hacia un lado y parecías un ángel, el sol te daba a un lado y parecías sacado del mismísimo cielo.
Un, dos, tres, un, dos, tres.  —Y así durante media hora, haciendo el imbécil, pisándonos los pies y por supuesto, las cosquillas que no falten.
Era hora de irnos, el tiempo había pasado tan deprisa que creí haber vuelto a nacer, qué mágico había sido y qué rápido se nos había ido de las manos el tiempo.
Me lo he pasado genial, pelirrojilla.  —Contestó el galán de Irlanda.
Pues espero que no vuelvas.  —Entre risas yo te respondí.
Te fuiste indignado unos metros y te cogí por el brazo hasta que conseguí que te dieras la vuelta.
Te plantaste junto a mi, a pocos centímetros de mi cara, como más de una vez lo habíamos hecho, pero esta vez era diferente, ya no estábamos diciendo nada, estábamos en completo silencio, las luces se habían ido de repente y en aquel curioso paseo estábamos tú, yo y tu sonrisa.
De repente las estrellas se posaron en nuestros ojos unos instantes, dejándose notar como en cada noche lo suelen hacer, las protagonistas de la noche.
Me cogiste de la mano y no dejabas de observarlas, buscabas algo en su interior y no sabías muy bien el qué, solo los soñadores conocemos el significado de los detalles y tú eres uno de ellos.
Me agarraste de la cintura y me acercaste hacia ti, posé mis manos sobre tus pectorales y agaché la cabeza avergonzada.
Subiste mi barbilla hacia tu mejilla con tu mano y te di un beso, comenzaste a deslizarme hacia tus labios, cosa que no me dejaste rozar hasta que decidiste morderme el labio inferior y soltarme.
Me fui indignada unos metros yo también, me cogiste de la mano y me lanzaste contra ti nuevamente, pero esta vez no me dejaste escapar y me besaste dulcemente, con sonrisa incorporada y con caricias en el cuello, era mágico todo aquello.
Ya era tarde y tenía que volver a casa, tú tenías que coger el bus.
Abrazados recorrimos todo el paseo hasta la estación, nuestra meta, aquel sitio al que no quería llegar, me podían las ganas de quedarme contigo a compartir historias de fantasmas aquella noche, de no dormir, de soñar por do quier, pero no era posible, debías irte...
A penas unos segundos para que el bus arrancase, le pediste un instante al conductor para besarme de nuevo y despedirte con un abrazo.
Volveré, te lo prometo, y así nos marcamos una nueva promesa.
 Un día más de vida, un día menos para verte.


jueves, 1 de noviembre de 2012

Hoy es uno de esos días en los que las nubes son de diferente color, el cielo está más blanquecino que de costumbre, me duelen los ojos al ver tanta oscuridad a cada paso que doy, me sacia saber que todo sigue en su correcta línea y me preocupa el pensar que mañana podría ser un día mucho peor.
Qué ganas tenía de poder soltar todas mis tonterías sobre una mente que realmente pudiera comprender todos mis anhelos, mis prejuicios, mis alusiones, mis ganas de poder "irme a no sé dónde con no sé quién más"...
Sonríe, nada de lo ya sucedido merece tus lágrimas, ni nada que avecine un pasado oscuro debería frenar tus ganas de vivir.
Fuiste una gran parte de mi personalidad, esa pizca de dulzura y picardía que yo necesitaba.
Eras dulce y a la vez amargo, tenías tus dudas, tus por qués, tus malas contestaciones, tus malos días, tenías todo aquello que podría irritar a una mujer, y así fue, me irritaste.
Me irritaste hasta tal punto de no querer saber nada más de ti.
Nunca me he considerado mala, ni cruel, ni justa, ni bondadosa, tan solo soy una joven promesa non grata para el mundo en general.
Nunca me merecí llorar por ti, pasar tantas noches en vela por sacarte una sonrisa, aguantar malas palabras y mentiras, ese tipo de mentiras que en su día intentaste utilizar contra mi y sabes muy bien que a mi eso, como persona, me desquicia el alma.
Te quise como a nadie y te olvidé como si nada, así son las cosas en mi mundo, cuando amo, amo sinceramente y desesperadamente, pero a la hora de juzgar, soy muy cruda.
Nunca me gustó que te fueras cuando me prometías quedarte hablando conmigo, nunca soporté que me dijeras aquello de "No te conozco" para después decirme "Te quiero" una vez al mes.
Si me quieres, me quieres todos los días, los 365 días del año, las 24 horas, no hace falta decirlo, porque una persona cuando realmente se siente adorada, lo sabe de sobra y yo por tu parte, nunca lo descubrí realmente.
¿De qué me sirve que vengas ahora con súplicas de judas y con falso perdón si en su día te fuiste con otra y olvidaste si quiera cual era mi nombre?¿Te paraste a pensar como me sentaría eso a mi? No, porque no todos los hombres son como tú, y eso gracias a dios la vida me lo va demostrando y soy la persona más afortunada del mundo por tener a mi lado amigos de verdad y no tener esa necesidad de pudrir mis labios en una historia ficticia, simplemente disfruto de la persona a la que amo y que él en sí me valora como si fuera suya, no necesito nada más para compensar todo tu dolor y sufrimiento, ninguna de tus penas podrá compensar el daño cometido y yo no quiero retomar una relación ficticia como tú en su día me dijiste.
Si no tienes a nadie que te quiera como yo lo siento, lo siento de veras, haber actuado de otra forma, yo lo he hecho y me ha salido rentable el sufrir, ojalá te trate bien la vida, tampoco le deseo el mal a nadie, pero no pienses que volverá a ser conmigo, el tren pasa una vez y si lo pierdes, te quedas esperando.