viernes, 2 de noviembre de 2012

Aquí estamos, en otro fatídico día, en otra sucesión de sueños sin cumplir, intentando crear nuevas ilusiones a nuestro alrededor, cubriendo de gloria nuestros pecados, sufriendo la inmensidad de la noche en un cuarto de diez metros cuadrados, quitándonos un peso de encima, el desgarro de una mirada ajena, entablar una conversación que debió surgir hace tiempo, aquí estamos de nuevo...
No sé dónde estábamos, era pequeño, hacía frío y estábamos solos.
Me apoyé en un pilar del edificio donde hacía exactamente un minuto y veinticinco segundos había quedado contigo, en aquella plazoleta de Avilés donde apenas se ven más que millones de cuadraditos de colores.
Llevaba un gorrito de lana rojo, una gabardina negra, guantes a juego y unos carapijos del mismo color que esta.
Me senté en uno de los seis bancos de aquella curiosa plaza a esperarte, jugueteando con las teclas de mi móvil, la ruedita, las imágenes, sonreía al verte en alguna de ellas, estaba realmente nerviosa.
Cruzaste un paso de cebra subiéndote discretamente los pantalones por detrás y dejando levantarse un poco aquella cazadora de cuero negro que tanto me gustaba.
¡Buenas!  —Al fin habías llegado, con esa sonrisa tan bonita.
Dos besos elegantes acompañaron el primer encuentro entre nosotros.
Me preguntaste sobre mi situación en casa mientras paseábamos por los jardines del nuevo parque junto al Niemeyer, el cual te iba comentando que es un negocio absurdo sobre la marcha, pero en sí es una bonita pieza arquitectónica.
Nos sentamos frente a la ría, en un banco blanco hecho a posta para el pequeño jardín, estaba atardeciendo, las siete de la tarde quizá, o las seis, no sé, contigo el tiempo nunca pasa lo suficientemente despacio...
Ya veo que has cumplido tu promesa.  —Con picardía giré la cara un segundo para que tú retomaras la conversación.
¿De qué promesa me hablas?  —Con tono preocupado me respondiste.
Ya sabes, no me has olvidado.  —Después de esto comenzaste a reírte mientras yo poco a poco me iba sonrojando con tus manos encima de las mías.
Como me iba a olvidar de esa cara de fresa que me llevas, mujer.  —No sé si intentabas hacerte el gracioso o sonrojarme aún más.
En el fondo me había reído, ya sabes que me acomplejan mis mofletes y como me esperaba, tiraste de uno de ellos, cosa que me hizo enfadar y tú seguidamente me cogiste por detrás de las caderas y comenzaste a hacerme cosquillas hasta casi hacerme caer del banco.
Pasado ese momento de locura absurda, surgió una mirada de preocupación increíble en tu rostro, mirándome fijamente a los ojos, sin miedo a nada, parecías dolido por algo, por algo que yo hubiera hecho...
Los ojos se me llenaron de lágrimas, pero no era capaz a soltarlas, no sé qué pasaba en aquella atmósfera de misterio, pero no podía esperar un solo segundo más a saber aquello que te intranquilizaba tanto.
Deslizaste tu mano por mi mejilla y me dijiste que me habías echado muchísimo de menos, que allí eras feliz, pero te faltaba yo a tu lado, de hecho ahí tuve mi primer motivo para esbozar una verdadera sonrisa, de esas que ni se compran ni se venden, de las que surgen del momento más estúpido que pueda existir...
de un salto aparté mi hombro derecho del banco y salté a tus brazos, besándote el cuello con delicadeza mil y una veces hasta dejar de llorar.
Noté que estabas emocionado y no eras capaz a culminarlo por miedo a ponerme peor, me sentí una niña que había recuperado todos sus juguetes después de un castigo.
Pasaron los minutos y no quitábamos la vista encima uno del otro, dicen que las miradas hablan por las almas y que las palabras nunca son suficientes para expresar todo lo que fluye por nuestras venas.
Te levantaste deslizándote por el banco hacia arriba y colocaste tu mano delante de mi cara.
 ¿Quiere bailar la señorita conmigo?  —Sin dudarlo un segundo me alcé y me puse delante de ti.
 ¿Me ves con cara de saber bailar?  —Entre risas asentías con la cabeza.
Te veo cara de hacer demasiadas locuras, otra cosa es que me disguste que lo hagas.  —Yo no podía dejar de mirarte, el viento se llevaba tu melena hacia un lado y parecías un ángel, el sol te daba a un lado y parecías sacado del mismísimo cielo.
Un, dos, tres, un, dos, tres.  —Y así durante media hora, haciendo el imbécil, pisándonos los pies y por supuesto, las cosquillas que no falten.
Era hora de irnos, el tiempo había pasado tan deprisa que creí haber vuelto a nacer, qué mágico había sido y qué rápido se nos había ido de las manos el tiempo.
Me lo he pasado genial, pelirrojilla.  —Contestó el galán de Irlanda.
Pues espero que no vuelvas.  —Entre risas yo te respondí.
Te fuiste indignado unos metros y te cogí por el brazo hasta que conseguí que te dieras la vuelta.
Te plantaste junto a mi, a pocos centímetros de mi cara, como más de una vez lo habíamos hecho, pero esta vez era diferente, ya no estábamos diciendo nada, estábamos en completo silencio, las luces se habían ido de repente y en aquel curioso paseo estábamos tú, yo y tu sonrisa.
De repente las estrellas se posaron en nuestros ojos unos instantes, dejándose notar como en cada noche lo suelen hacer, las protagonistas de la noche.
Me cogiste de la mano y no dejabas de observarlas, buscabas algo en su interior y no sabías muy bien el qué, solo los soñadores conocemos el significado de los detalles y tú eres uno de ellos.
Me agarraste de la cintura y me acercaste hacia ti, posé mis manos sobre tus pectorales y agaché la cabeza avergonzada.
Subiste mi barbilla hacia tu mejilla con tu mano y te di un beso, comenzaste a deslizarme hacia tus labios, cosa que no me dejaste rozar hasta que decidiste morderme el labio inferior y soltarme.
Me fui indignada unos metros yo también, me cogiste de la mano y me lanzaste contra ti nuevamente, pero esta vez no me dejaste escapar y me besaste dulcemente, con sonrisa incorporada y con caricias en el cuello, era mágico todo aquello.
Ya era tarde y tenía que volver a casa, tú tenías que coger el bus.
Abrazados recorrimos todo el paseo hasta la estación, nuestra meta, aquel sitio al que no quería llegar, me podían las ganas de quedarme contigo a compartir historias de fantasmas aquella noche, de no dormir, de soñar por do quier, pero no era posible, debías irte...
A penas unos segundos para que el bus arrancase, le pediste un instante al conductor para besarme de nuevo y despedirte con un abrazo.
Volveré, te lo prometo, y así nos marcamos una nueva promesa.
 Un día más de vida, un día menos para verte.


No hay comentarios:

Publicar un comentario