¿Recuerdas aquella noche del 18 de noviembre en mis sueños?¿Aquella situación tan cómoda y fantástica a la vez?¿No? Pues te lo recordaré.
Era según el catolicismo, el día más importante de nuestra vida, pero yo ya había tenido esa sensación antes, el día que te conocí para mi fue el mejor.
Estaba en casa de mis abuelos preparándome, es tradición ya arrinconarse en la habitación del fondo de la casa para ponerse el vestido de novia mientras todo el mundo te hace fotos y te tira arroz.
Mi abuelo se había puesto el mismo smoking que mi primo pequeño, como hacía años habían hecho en la misma boda de mi tía. Mis tíos estaban tomando el vermouth como de costumbre, mi madre estaba realmente emocionada, incluso mi padre, que como anteriormente te había comentado, solo llora en ocasiones muy puntuales, esta parecía ser una de ellas...
Estaba sentada en la silla del escritorio de mi tía mientras mis primas se peleaban por hacerme un nido de pájaro en la cabeza, realmente si me disfracé de princesita fue por contentar a mi madre, pero ella sabía perfectamente que a la hora de celebrarse la boda me iba a poner unos pitillos.
Llegaba mi tío con la Harley (Sí, siempre me ha hecho ilusión que me lleven al altar en moto) y con sumo cuidado para que aquel trapo de encaje no se me enganchase al tubo de escape, me subí.
Al llegar allí era lo que me imaginaba, mucha gente con vestidos y traje de etiqueta, saludándose falsamente, haciendo sus propios grupos de gente, parecía que lo habían estado planeando meses, una alineación
extraterrestre o algo así.
En ese momento, como muchos otros a lo largo del ciclo de mi vida, echaba de menos a la reina de la fiesta, aquella por la que llevaba un nombre tatuado en mi muñeca, la que dejaba boquiabiertos a todos con sus chistes malos y su preciosa carita, desde que falleció sabría que ese día tendría que llegar y ella no iba a estar ahí para contemplarlo, pero una de las decisiones más importantes fue seguir adelante.
Papá me sonrió con los mofletes colorados, me hizo sacar una comisura de su sitio, me agarró del brazo y me llevó por aquel humedecido suelo de piedra próximo a la iglesia.
Desde pequeña me han encantado las vidrieras, de hecho tropecé y casi beso el suelo por quedarme embobada viendo una de ellas, como no te empezaste a partir de risa, me preguntaste que si estaba bien y estuve a punto de mandarte a la mierda.
Llegados allí, un señor de unos setenta años, con gafas del un, dos, tres y con gesto de enfado procedió a unirnos en "sagrado matrimonio" o hasta que el juzgado nos embargara el piso.
Llegó el momento de besar a la novia, como tantas y tantas veces lo habíamos hecho ya, pero esta era especial, porque lo habíamos hecho público.
Amenacé con cortar los testículos a quién me metiera un grano de arroz por el ojo y se comportaron medianamente bien, las amenazadas de ese calibre surgen efecto.
Fuimos a tomar algo al bar al que solíamos ir siempre, neveras y estanterías con más de cuatrocientos tipos de cerveza, mi padre estaba encantado.
Fuimos a comer de picnic, nunca me han gustado los restaurantes, por mucho que mi madre protestara al respecto, era nuestra boda, no la suya.
Mis tíos ya estaban borrachos y empezaron a hacer el ganso, me desesperan muchísimo cuando hacen eso...
Llegaron las ocho de la tarde y los invitados ya se iban a sus casas, quedamos los de siempre y como no, lo celebramos a nuestra manera: Un pequeño escenario, algo para picar y gente intentando no ser agredida sexualmente.
En definitiva fue una noche de locura muy impactante, pero lo mejor estaba por llegar.
Mi regalo había sido alquilar una pequeña cabaña a las afueras de Llanes, al lado de un pueblo, alejados del mundo y con las montañas aguardándonos, era maravilloso aquello.
El hall estaba decorado en mármol y colores granate, el suelo era de de parqué, las ventanas estilo campestre con sus persianas de madera, las escaleras estaban recién barnizadas, el techo estaba recubierto por vigas de madera, la cocina era de carbón, las habitaciones tenían un acceso a un desván común, el garaje estaba decorado en tonos turquesa pálido, una chimenea destacaba en el enorme salón que ocupaba el 50% del hall y los cuartos de baño aún estaban fabricados con detalles en cobre.
Al entrar en la casa, subí corriendo las escaleras y me tiré en la cama de cabeza, como la primera vez que me fui a León de vacaciones con mis padres hasta que me di cuenta de que allí había más mosquitos que en la jodida jungla.
Viniste detrás abrazándome y cogiéndome de la mano, me hiciste prometer que al menos por aquella noche no te ibas a librar de mi, y así lo hice, aunque yo preferiría que por muchas noches, todas las que se puedan.
La habitación destacaba por un enorme espejo de oro con detalles medievales a su alrededor, un armario de roble precioso, una alfombra en color crema y una cama de matrimonio que sin duda nos estaba esperando, allí pasamos la noche, por no decir todas las noches de nuestra vida, porque otra de las decisiones más importantes que tomamos, fue quedarnos allí para siempre.

No hay comentarios:
Publicar un comentario