miércoles, 18 de septiembre de 2013

Quién te quiere, te padece.

Altas horas de la madrugada.
Ron y cola, papel y lápiz, cómoda y almohada, sábanas y colchón, dulces y cuentos...
¿Y quién no querría estar en su pellejo? Acomodada toda la vida por alguien, en las viejas costumbres infantiles.
Quisiera ser el agua que se evapora en tu mesilla de noche cada amanecer, más no varío más allá de tus sueños y una lejana realidad...
Quisiera ser tan libre y transparente como el aire que respiro o tan dañina como el sol que me ilumina, como la brisa del mar cuando el viento sopla, como la espuma de la cerveza al absorver.
Hay que estar segura de lo que se hace cuando se toma una decisión como esta, hay que saber diferenciar lo bueno y lo malo en soledad, con pura privacidad, con sumo cuidado, con perspicacia y cautela, "hay que ser muy persona para cumplir un sueño y no defraudar a un amigo..."


Te entrego mis emociones y aún así nunca me abandonas.
Me disfrutas pero no me quieres sufrir así.
Me vigilas pero no sabes lo que escuchas, ves, sientes, padeces...
























Tu amor es mi rutina, mi ansiedad es tu tormento.
Sé bien lo que quiero, sabes bien lo que quiero escuchar.
Te limitas a dejar pasar el tiempo y ni te quieres molestar en vencerlo.
Conoces el sabor de mis labios y ni los océanos de mis ojos te atreves a navegar.
Y dime ahora a qué temes y yo lo seré por ti.
Enfréntate a todo aquello que te arrebata la noción del tiempo y las ganas de seguir.
Párate por un segundo y recuerdame, lo que somos, lo que podríamos llegar a ser.
¿Acaso no lo ves? Aquí estoy, de nuevo, expectante, alerta, sonrojada, nerviosa, ansiosa, atenta, conforme.
Necesito una seña, una indirecta, ¡Lo que sea!
Pero no me dejes morir así, desencadenada por la curiosidad ni malherida por la ausencia.

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