Hoy pretendía añadir algo más nuevo, con un toque romántico, de esas entradas mías que emocionan y hacen llorar, quería algo especial, pero tampoco quiero escribir un cuento para ancianos.. probemos con esto.
En aquella época dónde el más codiciado tesoro era la piel virgen de una mujer, sólo se escuchaban lamentos de los desterrados, latidos del corazón de algún vagabundo, la soledad de aquellos huérfanos que dejaron los latidos de su corazón en algún cementerio, en aquella época dónde las almas se vendían como mercancía pesada y las personas tenían menos valor que una migaja de pan, esa tenebrosa sensación que recorre tu cuerpo cada vez que la miras a los ojos, esos labios que nunca pudiste comprender su sabor, de esas sensaciones de las que pretendes, nunca olvidarte.
Amor lo solían llamar, los trovadores y juglares pronunciaban cortos nombres, bellas palabras, pasados los años aquellos novios no supieron nada más de sus familias, aquella joven no era feliz, habían hecho de su decisión pura compra-venta, pero ella había sido educada para ello, una mujer no podía rechazar lo que su marido merecía por derecho, llegó su primer momento, un escalofrío recorrió su piel, no sabía ni su edad, ni de qué color eran sus ojos, simplemente debía acatar órdenes de alguien que la había engendrado.
Pasados los dos meses antes del enlace, la muchacha se recogió una pequeña coleta y comenzó a observarse una última vez como soltera, virgen, por llamarlo de alguna manera.
Lágrimas salían de sus ojos, aquellos ojos del color del sol, que brillaban más aquella noche que ninguna otra, se sentía frustrada, el corsé no era de su talla, se sentía presionada en todos los sentidos.
Se asomó a la ventana una última vez antes de acostarse, pero lo realmente oportuno fue que no llegó a su cama, la ventana en la que se apoyó la hizo resbalar y caer al vacío del bosque que estaba a cien metros de la villa.
Ella creyó pues haber encontrado la libertad, corrió lo más rápido que pudo, sonriente, no podía parar de llorar de alegría, sus cabellos se hacían incómodos, cogió una piedra que había encontrado en el suelo y comenzó a cortar su preciada melena, se sentía como una flor más de aquel jardín.
Pero, la situación se le había ido de las manos y descalza y hambrienta, recorrió varios kilómetros de zarzas y pantanos en busca de cobijo.
La luna fulminante se hacía ver desde cualquier punto, ella se dispuso a comer unos pequeños frutos que a su alrededor crecían, tenían un exquisito sabor pero todo el cuerpo le empezó a picar, y la muchacha no era quién a quitarse tal malestar, acabó en ropa interior, hasta que unos pequeños mamíferos se dieron cuenta de su presencia y comenzaron a entablar sonidos con ella.
A pesar de todo lo que en aquellas cuatro paredes había sufrido, se dejó guiar por aquellos pequeños animales de dios.
Había una cueva húmeda y poco acogedora pero mejor que pasar la noche entre zarzas era.
Aquellas criaturas comenzaron a rastrear el terreno, ella se confió y les acarició la piel, áspera para unos animales tan diminutos, pensaba la muchacha.
Su mano se volvió blanca y tersa como antes, no había sido producto de su imaginación, la piel de aquellos animales era mágica.
Pasaban las horas y nadie apareció.
A la mañana siguiente la muchacha puso rumbo este, acabó en un pequeño río en el que pudo adecentarse y ponerse cómoda, fue un gran alivio, estaba completamente cubierto por rosas, lirios, orquídeas, era un paraíso, nunca había visto nada igual.
Pero como suelen decir, las buenas noticias no duran mucho tiempo, era hora de salir corriendo, la caballería de la reina venía en busca y captura de unas bandidas del norte, las joyas de la corona habían sido robadas de la propia catedral, no podía dejar que la atrapasen, subió varias colinas con sumo cuidado, las piedras abundaban y no le quedaban fuerzas para continuar, pero era necesario, su vida corría peligro.
Se ocultó tras unas rocas varias horas, llegando a vomitar su propio alimento y casi sin fuerzas para mover los párpados, era una situación de extremidad.
Al poco de irse la caballería apareció de la nada una pequeña sombra con el cabello largo, en aquel preciso instante, nuestra bella doncella se desmayó.
Tras horas de descanso la muchacha alzó los ojos y pudo contemplar la extrema belleza de aquella mujer de largas melenas, le preguntó su nombre, una tal Strauss, no dio más datos, su vida privada era todo un misterio.
La mujer comenzó a acusar a la muchacha de robo, de asesinato, de traición a la corona, la empujó contra el suelo y la registró, pasados los segundos se dió cuenta de que ella no había sido.
Aquella mujer le preparó algunas verduras para que repusiese fuerzas, trajo algo de leña, un poco de agua para lavar su ropa, después de todo, no era tan mala como ella pensaba.
La tal Strauss tenía un parecido con alguien de su infancia, creyó haberla visto en algún sitio, nunca dejó esa suposición en vano.
Strauss cogió a la muchacha por el cuello, haciendole daño, le hizo prometer que no se dejaría vencer por nadie, que si ella quisiera el universo estaría en sus manos.
La muchacha sin saber por qué respondió a la promesa con un sí, evidentemente.
Strauss la golpeó y la llevó a los jardines de palacio, dónde fue acusada de injurias, asesinato, desacato, traición y fue condenada a muerte.
Por otra parte Strauss, la ya muy reciente en la historia, aceptó casarse con aquel hombre al que tanto temía la muchacha, prefirió una vida de tormentos al infierno.













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