Eran las doce de la noche de un día de invierno, llamaron a mamá preguntándole si podría ir de excursión con un grupo de baile al que yo supuestamente pertenecía, mamá accedió y es extraño, ella nunca accede a nada.
Eran muchas horas de viaje, y me quedé sin batería en el mp3, una amiga mía se sentó a mi lado, y mientras me confesaba sus sentimientos hacia un chico de nuestra clase yo me quedé dormida.
Mamá me llamó para preguntarme que tal había ido el viaje, y así consiguió despertarme.
Ya habían pasado unas cinco horas y veíamos un lago al fondo de la carretera, la luz de la luna se reflejaba sobre él, era muy hermoso, tan resplandeciente, ojalá tuviera una cámara con la que inmortalizar ese bello momento.
Nos apresuramos a dejar las maletas en aquel hostal con apariencia gótica, las habitaciones no tenían mucha luz, pero la suficiente para poder quitarse los calcetines a gusto.
Me tocó dormir con una niña a la que no conocía de nada, una tal María, no dirigimos palabra alguna hasta días después.
La velada fue eterna, y me moría de ganas de besar el suelo del exterior, era impresionante mirar por la ventana y contemplar esos paisajes.
A la mañana siguiente comí como ocho personas, a prisa y sin pararme.
Teníamos terminantemente prohibido salir del recinto, pero como yo soy así, me salté la norma.
Había un camino lleno de piedras, que a los laterales tenían unas hermosas casonas con decoración románica y con algún detalle del gótico.
Al fondo había una pequeña casa abandonada a simple vista, tenía un torreón a la entrada, decorado con varias vírgenes alrededor, según lo que podía observar por la pequeña ventana que lo rodeaba, estaba decorado con unas paredes granate y farolillos plata.
Me acerqué para observar mejor los detalles y me encontré con la sombra de una mujer de pelo largo y castaño a uno de los lados del torreón, parecía aturdida, desolada, como si algo le faltase, comenzó a hablarme, y mi corazón estaba anonadado, estaba tranquila pero a la vez estupefacta, me hablaba como si de su propia hija se tratase, y comenzó a contarme su historia, ella no tenía nombre, más bien no se acordaba de él, había estado casada antaño con un banquero de la región, un tal Sebastian, según la historia narrada por ella misma, el demonio se había quedado prendado de su voz, de su ansiedad de valentía, y quería que se uniese a ella por toda la eternidad, ella se negó rotundamente, le comentó que su vida estaba hecha y no podía reemplazarla.
Éste se enfadó con tal ansia que arremetió contra las paredes pintadas con esmero destrozandolas con unas potentes garras, las cuales aún estaban expuestas allí, la mujer a los pocos días sufrió una grave enfermedad, y el propio marido la abandono a su merced, ella, culpada de todo lo sucedido, se encerró en aquella casa con la esperanza de irse a un lugar más humano y sereno, que aquellas cuatro paredes sin luz y sin sombra.
Regresé a casa sin poder creerme lo que había escuchado, pero en aquel momento comprendí la metáfora que resultó aquel sueño para mi.

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